La Real Sociedad se ha convertido en un equipo que no entiende de frenos. Ni en Liga, ni en Copa. El llamado efecto Matarazzo, sostenido por un bloque que cree y por un Remiro que da seguridad, volvió a aparecer en Mendizorroza para firmar un pase de oro: semifinales de Copa del Rey por tercera temporada consecutiva. Y lo hizo como lo hacen los equipos grandes: sobreviviendo al caos y golpeando cuando el rival ya se veía dentro.
Porque el Alavés lo tuvo. Y durante muchos minutos pareció merecerlo. Los de Coudet salieron con brío, con seis cambios y una mezcla de titulares, secundarios con hambre e incluso el guiño al filial con Aitor Mañas. Y en el minuto 8, Mendizorroza estalló: Abde marcó su primer gol de la temporada tras una gran acción de Otto, pase filtrado a Denis Suárez y servicio perfecto para el argelino. Un inicio con aroma a noche grande.
La Real, sin embargo, no se descompuso. Le costó, sí, pero fue creciendo. Guedes avisó primero, Oyarzabal rozó el empate y, a la segunda, el capitán no perdonó. El de Eibar, que vive para estas noches, firmó el 1-1 en una acción que devolvió a los donostiarras al partido. Pero la alegría fue breve: un penalti de Turrientes sobre Jonny Otto permitió a Toni Martínez poner el 2-1. Octavo gol del murciano este curso, cuatro en Liga y cuatro en Copa.
Y ahí llegó la gran paradoja del partido: con ventaja, el Alavés no se echó atrás… fue incluso más peligroso. Parada y Calebe rozaron el 3-1, y Aihen Muñoz sufrió lo indecible con el brasileño. La Real, en cambio, se marchó al descanso viva, pero incómoda, sin controlar del todo el guion y sabiendo que necesitaba algo más que posesión para evitar el adiós.
El segundo tiempo arrancó con menos vértigo, más tanteo. La Real tocaba, pero no mordía. Hasta que el fútbol decidió volverse surrealista en el minuto 66. Un penalti extraño, tardío, casi incomprensible por la forma en que se produjo: Caleta-Car agarró a Toni Martínez hasta “encapucharlo”, literalmente le quitó la camiseta, y el árbitro terminó señalando la pena máxima tras más de un minuto de espera. El Alavés tenía la semifinal en la mano.
Pero entonces ocurrió lo que explica por qué este equipo de Matarazzo está tocado por algo especial. Toni Martínez falló el penalti. Y el viento cambió de dirección. Lo que parecía un tortazo para la Real se convirtió en dos puñetazos para el Glorioso. Primero, Guedes, omnipresente, con un gol que encendió la mecha. Después, Oskarsson, desde el banquillo, rematando el golpe definitivo con asistencia de Sucic.
El tramo final fue una mezcla de esfuerzo, supervivencia y celebración. La Real lo festejó largo con su gente, consciente de que estas clasificaciones construyen identidad. El Alavés, en cambio, se quedó con la sensación amarga de haberlo tenido todo… y de haberlo perdido en el momento más cruel: el penalti fallado que abrió la puerta al derrumbe.
La Real ya está en semifinales. Y no por casualidad. Porque este equipo no solo compite: resiste, cree y castiga. Y cuando el partido se rompe, parece disfrutar en el caos. @mundiario
2026-02-05T03:21:52Z